¿Por qué te comportas como te comportas?

La manera de comportarte cuando estás con un cliente, con tu jefe, con tus familiares o con tus amigos condiciona sustancialmente el resultado de tu interacción personal. En el entorno profesional, gran parte de tus éxitos y fracasos van a depender de tu conducta en momentos clave. Por lo tanto, utilizar tu conducta conscientemente con la intención de provocar una respuesta concreta en otra persona se convierte en una habilidad indispensable si quieres materializar tus intenciones.

Para conseguirlo, es importante comprender el origen de tu conducta, ya que te permitirá adecuarla en función de tus necesidades. Veamos un ejemplo que te puede arrojar luz sobre esta cuestión:

Imagina que estás trabajando en la oficina y el día transcurre con absoluta normalidad hasta que tu jefe te convoca a una reunión. Nada más entrar en el despacho, te dice:

—Dentro de dos días vamos a presentar por todo lo alto nuestro nuevo producto. Asistirán mil personas y quiero que seas tú quien lo presentes. Aquí tienes el PowerPoint y las características del producto.

Tú nunca has hecho una exposición en público y las palabras de tu jefe caen sobre ti como un jarro de agua helada. ¿Qué pensamientos retumban en tu mente en ese momento?

Lo más probable es que pienses algo similar a esto: pero si no conozco el producto, ¿cómo voy a poder presentarlo? No tengo tiempo para estudiarme las características. ¿Cómo voy a presentarlo delante de mil personas si no sé hablar en público? Y un sinfín de aplastantes pensamientos que te generan, como mínimo, un estado de profunda inquietud.

Si en ese mismo instante tuvieras que hacer la presentación del nuevo producto delante de mil personas, ¿cuál sería tu conducta? Muy probablemente te temblarían las rodillas y tu discurso no sería el más fluido precisamente. La situación que tienes que gestionar ha desencadenado una actitud, es decir, estado de ánimo con el que afrontamos las circunstancias, que limita tus habilidades convirtiéndote en un saco de nervios. Y ahí está el origen de la conducta resultante: en la actitud.

El estado de ánimo con el que afrontamos los diferentes retos, circunstancias y situaciones es lo que condiciona nuestra conducta. Si tienes inseguridad respecto a lo que vendes, tu conducta trasmitirá esa inseguridad compartiéndola con el cliente. Si no confías en lo que estás defendiendo, tu conducta resultante transmitirá desconfianza y la compartirás con tu jefe. Si no crees en lo que dices, tu conducta resultante transmitirá falta de credibilidad y la compartirás con tus allegados.  

Por lo tanto, tu conducta es la consecuencia de tu actitud. Si quieres conseguir que tu conducta sea excelente, comienza por conseguir que tu actitud sea excelente.

Y tú, ¿sabes cuál es tu actitud cuando tienes que afrontar un reto? ¿Eres consciente de cómo condiciona tu conducta?

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¿Hablamos?

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